¿El Flamenco, una metonimia? (II)
26. Marzo 2009 | Por loscaminos | Categoria: Investigación¿Por qué llamamos “flamenco” a nuestro arte? ¿De dónde proviene un término comúnmente aceptado pero no de forma unánime?… En este magnífico artículo de opinión, el investigador de El Puerto de Santa María, Luis Suárez Ávila, nos propone una visión sobre el término “flamenco” (segunda parte)
En Cádiz, sin ir mas lejos, Juan Ignacio González del Castillo, en su sainete “El soldado fanfarrón”, escrito sobre 1785, utiliza “flamenco” como sinónimo de “cuchillo“:
CABO: Señores; ¿qué ha sido esto,
que un remolino de gente
por la ventana está oyendo?
JUANA: El melitar, que sacó,
para mi esposo, un flamenco.
SOLDADO: Ni un francés, ni un italiano
he sacado yo…
Y es que el “flamenco” que saca el soldado fanfarrón –que, por cierto, la gitanería ha sido afecta a la milicia como se encargó de demostrar Antonio Zoido–, es un “cuchillo flamenco“, arma de acreditado uso por gitanos y no gitanos, desde tiempos muy antiguos hasta casi nuestros días, e imprescindible, aún hoy, entre los gauchos argentinos que la tienen por herencia española. Y no es extraño: Sevilla y Cádiz, puertas de América, fueron cabezas de puente en el trasiego de infinidad de españoles aventureros, y sobre todo bajoandaluces, a aquellas tierras. Recuérdense, por ejemplo, en los “Censos de los gitanos” ordenados sobre todo por Felipe V y Carlos III, las menciones de “ausente en las Indias” que aparecen con alguna frecuencia al lado del nombre de alguno de los censados.
En 1789, el naturalista y marino guatemalteco Antonio de Pineda y Ramírez del Pulgar describe la vestimenta del hombre de campo argentino:
“…un calzón de triple azul o colorado, abierto hasta más arriba de medio muslo, que deje lucir el calzoncillo, de cuya cinta está preso el cuchillo flamenco…”
Y lo mismo en épocas de caudillos y guerras intestinas, entre 1820 y 1870. En este sentido Emeric Essex Vidal en las “Ilustraciones pintorescas de Buenos Aires y Montevideo”, (Londres, 1820), cuando pinta la indumentaria de los mayordomos, capataces o propietarios, cita el cuchillo flamenco y “… como no hay barberos, se afeita muy pocas veces y éstas con su cuchillo…”, lo que da idea del filo de estas armas.
Curiosamente, y allí donde exista algún aliento de cultura hispana, sucede lo mismo. Los “puntos filipinos”, nombre con que se moteja a los niños díscolos, no son sino los más pícaros de las familias bajoandaluzas que emigran, o les hacen emigrar, a esas islas entonces españolas. Son lo mismo que “pájaros de cuenta” o “elementos de cuidado”. Estos individuos, estos “prendas”, se llevan a las Filipinas, junto al romancero –que allí llaman a los romances tradicionales “korridos”, igual que aquí entre los gitanos bajoandaluces–, otras manifestaciones arquetípicas como, por ejemplo, el cuchillo flamenco o las peleas de gallos. Precisamente, en una sentencia de la Corte Suprema de Filipinas, dictada el 27 de abril de 1946, se condena por homicidio a Raimundo Carrera, quien atacó a Canuto Prudente con una navaja para pelea de gallos [las que aún hoy se usan para aguzar las defensas de los pollos de pelea] y se cita como precedente otra sentencia antigua (13 Jur. Fil., 392) en que se juzga a un tal Epifanio Magcomot y a sus hijos Clemente e Isidro que riñeron, en una timba –jugaban al “monte”–, con un tal Bonifacio Gabales, “… y mientras le tenían sujetado llegó súbita e inopinadamente Epifanio, que venía de bastante lejos, y con un cuchillo flamenco acometió e hirió a Bonifacio, de cuyas resultas éste falleció…”.

Del cuchillo de Flandes, del cuchillo flamenco, del cuchillo de Malinas, ciudad donde se fabricaban, dan cuenta, por ejemplo, Lope de Vega en “El testimonio vengado“, o Góngora, en el romance que comienza “En aquel siglo dorado… “, o Cervantes, en su “Pedro de Urdemalas”, que dice ser joyas los cuchillos y las dagas de Flandes, aunque pondera su baratura.
Daza Palacios y Prieto Corbalán han estudiado escrupulosamente el proceso criminal contra Fray Pablo de San Benito en Sanlúcar de Barrameda (1774), causa que se siguió a ese fraile que pretendía a la joven María Luisa Tassara y, al verse despechado, cuando aquélla salía de la iglesia, el fraile “… metiendo la mano por debajo de su escapulario, sacó un cuchillo flamenco y le tiró con él una puñalada en la cara, con cuyo golpe cayó en el suelo Dª María Luisa. Cómo se quedaría la que declara se deja en consideración; y más, viendo que dicho religioso no contento con lo ejecutado, cebándose en la inocente niña como si estuviera dando en un piedra, siguió dándole puñaladas…” Así se expresa Dª Juana García de Miranda, madre de la difunta, ante Roque Martín. En el proceso criminal abierto contra el fraile, el escribano Baltasar Rizo dibujó, en el margen de uno de los folios, el arma homicida, el “cuchillo flamenco”. El fiscal de la Real Audiencia de Sevilla, Don Joseph de Ubago y Busto, en sus conclusiones, además de otras circunstancias que agravaban el delito, consigna entre ellas “Por el género de arma, prohibida por nuestras Pragmáticas”.
Sólo con consultar de pasada la “Novísima recopilación…” se hallan las numerosas disposiciones y pragmáticas que se han dictado, desde el siglo XVI hasta el XVIII, prohibiendo el uso de estas armas y concretamente del cuchillo flamenco. En efecto, estas prohibiciones trataban de evitar las numerosas muertes que, en reyertas, por cualquier causa, se daban no solamente entre personas socialmente marginadas, sino entre nobles, soldados y aun clérigos. En este sentido, recuérdese un Decreto del Cardenal Don Luis Solís y Azcona en 1756 en que precisamente a los clérigos de la Archidiócesis de Sevilla, mandaba:
“Que a dichos eclesiásticos de Mayores y Menores Órdenes… prohibimos el uso de armas, sin diferencia en la calidad de estas, tiempos, ni horas, bajo de la pena que arbitrásemos, según los casos que ocurran, aunque nunca bajará de dos meses de cárcel y veinte ducados de multa…”

Joaquín Guichot, en su “Historia del Excmo. Ayuntamiento de la ciudad de Sevilla“, reproduce el “Auto del buen gobierno de la ciudad“, de 1783, en que se hace referencia, precisamente, al cuchillo flamenco:
“26. Que nadie use armas cortas de fuego, ni de acero, como son escopetas de menos de á vara, trabucos, tercerolas, encaros y pistolas; guadeño, almaradas, puñales, rejones, cuchillos de monte, dagas, cuchillos flamencos, ni otro instrumento alguno punzante de los prohibidos…”
El profesor Juan José Iglesias desempolvó del Archivo Histórico Municipal de El Puerto de Santa María unos legajos de “Ramos de visita de Cárcel” de los años 1766 a 1790 y de 1790 a 1801 en que se constata que la mayoría de las muertes, perpetradas por individuos conocidamente de casta gitana, son cometidas usando como arma un cuchillo flamenco y, en una ocasión con un flamencón, arma esta, de seguro, más terrible y de mayores proporciones.
Porque el cuchillo, “el churí”, es imprescindible instrumento para esta gente. En un sainete publicado en 1816, “El Gitano Canuto Mojarra, o el día de toros en Sevilla”, de José Ferrer de Orga, Canuto se pone serio y amenaza:
¿Conmigo chanzas?
¡Vaya! Si he traído el churí (cuchillo)
le abro como una granada.
Estebánez Calderón, en 1831, en la revista “Cartas Españolas” publica por primera vez su “Pulpete y Balbeja“, dos bravos que se enzarzan en una reyerta:
“Esto hecho, se desnudaron de las capas con donoso desenfado y desenvainaron para pinjarse cada cual: El uno, un flamenco de tercia y media con el cabo blanco y el otro un guadifeño de virola y golpetillo, ambos hierros relucientes que quitaban la vista, y agudos y afilados…”, precisamente dos armas de las prohibidas: el cuchillo flamenco y el “guadeño” (aquí “guadifeño”) del “Auto del buen gobierno…”
Y en la escena “Gracias y donaires de la capa“, El Solitario pormenoriza:
“Y en esto blandía, en efecto, un ancho y luciente flamenco de puro acero, objeto artístico salido de las manos del tío Matute,…” Y no es extraño que algún flamenco, a imitación de los de los armeros de Flandes y de Malinas, sobre todo, saliera de las fraguas bajoandaluzas, porque los gitanos, hábiles herreros, aprovecharon –y documentación hay de ello– restos de espadas rotas para fabricarse cuchillos bien templados. De hecho, el que en las reiteradas Pragmáticas reales se les prohibiera el oficio de herrero iba dirigido a evitar que se hicieran sus propios cuchillos y estiletes.
Rodríguez Marín, por su parte, que escribe haber velado armas flamencas con Demófilo en el café de Silverio, recoge esta copla en sus “Cantos populares españoles”, (1882):
Si se m’ajuma er pescáo
y desenvaino er flamenco,
con cuarenta puñalás
se iba a rematá er cuento.
Ciertamente los gitanos, tildados de bravíos, fanfarrones, valientes y “guapos”, son aficionados a montar gresca y a sacar el flamenco en cualquier ocasión. El rastro literario de escenas de reyertas protagonizadas por la gente del bronce es amplísimo; se convierte en una constante en el teatro, en la novela, en las tonadillas, en los romances de pliegos de cordel, en los memoriales, en los autos judiciales…
Sin embargo en el Diccionario de la Real Academia Española, no ingresan, hasta la edición de 1925 estas acepciones de FLAMENCO:
…║3.Dícese de lo andaluz que tiende a hacerse agitanado. Cante, aire, tipo, FLAMENCO.║4. Achulado, 2ª Acep. U. t.c.s…║8.And. y Argent. Cuchillo de Flandes…
Ya Demófilo se había limitado a consignar, en 1881, que “los gitanos llaman gachós a los andaluces y estos a los gitanos flamencos“, pero antes, en 1871, en la “Revista de Literatura”, recoge coplas con estos versos:
Flamenca, si tu me vieras….
…Flamenca, yo no te hablo…
Ven acá, mala flamenca…
En este sentido, me interesa subrayar la inclinación hacia el vocativo tierno y equivalente que se repite distinto y alternativo, a veces añadido en el verso largo de las siguiriyas. Porque es lo mismo serrana/o, que gitana/o, que primito/a, o que flamenca/o… o como en la soleá, que alterna, al repetir los tercios en el cante, flamenca/ gitana, para nombrar lo mismo:
Esta flamenca /gitana/ camela
cositas que no están en orden…
Hacer un espigueo en los rebuscos que Gerhard Steingress o José Luis Ortiz Nuevo, entre otros, han realizado por la prensa del XIX, nos pone de manifiesto el tracto en la fijación del nombre de “flamenco” y la actitud de los gacetilleros por formar opinión.
En el diario “La Nación” de Madrid, el 25 de febrero de 1853, una gacetilla, que se titula “Música flamenca”, anuncia la llegada y actuación nada menos que del gaditano Antonio El Planeta y de la isleña, de San Fernando, María Borrico, pero el primero estante y oficiante en la Triana de 1838.
En 19 de mayo de 1858, en la revista “La Andalucía” se publica por don José Velázquez y Sánchez, cronista de Sevilla, una noticia en la que cita “el jaleo flamenco“. El 16 de septiembre del mismo año, en un chascarrillo publicado en esa revista se lee: Ponderaba un gitano flamenco de la raza más pura,…El 9 de junio de 1859, también en “La Andalucía“, se describe irónicamente un espectáculo que considera deplorable: El segundo espectáculo, lo ofrece una muger que dentro de poco será negra, según el paso que va; especie de bayadera,, de origen flamenco, como lo es el de los cantos y danzas en que exhibe su agilidad, y cuya decencia hace presumir si será muger o conjunta persona del señor de la manduca [un negro que actúo en el primer espectáculo] Queda recomendada. En el mismo periódico, el 28 de septiembre de 1860, se habla de “las más famosas guillabaoras flamencas“, esto es, “las más famosas cantaoras gitanas“. También en el mismo periódico, el 21 de marzo de 1860, se titula un relato como Escena flamenca, y el 15 de julio de 1886 se titula un poema Flamenco puro.
Sin embargo, el 2 de abril de 1865, y se repite el 27 de mayo del mismo año, se anunció en Jerez un “gran baile” titulado “Una fiesta flamenca”.
Más tarde, en la “Revista de Literatura“, en 1871, Demófilo escribe: …Los llamados cantes flamencos…; los cantadores de flamenco… y titula su ya clásica antología de coplas de 1881 como “Colección de cantes flamencos”.

El término había pasado de ser la designación de un arma blanca, a constituir una actitud ante la vida y una forma de interpretar los cantes, para terminar siendo el nombre de todo un género que se ha convertido en la carátula tópica de la españolidad.
Julián de Zugasti en el último tercio del XIX escribe en su “El bandolerismo andaluz” que “…cantaban a lo flamenco…” o que “Entre estas , que cantaban a lo flamenco…” con lo que el término estaba siendo acuñado como el modo de cantar de aquellos a los que se les había adjudicado un nombre que personificaba, a su vez, el nombre de un arma blanca, sencillamente la que usaban: el cuchillo flamenco.
Y, aunque en un remedo teatral, protagonizado por la actriz Señorita Hernández, se describe el tipo, sin duda troquelado mucho antes:“La Señorita Hernández estuvo muy flamenca en las Ventas de Cárdenas. Nada le faltó para ser un mozo crúo; ni el cigarro de a tercia que salió chupando con mucha propiedad, ni el escupir por el colmillo, ni beber su caña de un modo macareno…”(“El Guadalete”, Jerez, 23 de enero de 1860).
En 1880, el 11 de octubre, el periódico jerezano “Asta Regia” da como fijada la personificación del arma (el elemento flamenco, el contingente flamenco, la gente flamenca), la identifica con los gitanos y cita nombres notoriamente conocidos, aunque los considera un atentado al buen gusto y a la moral: “…el elemento flamenco torna a invadir el teatro de Eguilaz. Ya Frascola, Gusarapa, Moneo, el Loco y otros desdichados artistas se han colado de rondón en el sitio que santificó con su nombre el gran poeta. La danza obscena y las payasadas de los jitanos, van a sustituir a los versos de Zorrilla….”
Y el mismo periódico jerezano, el 8 de mayo de 1882, aclara los conceptos (flamenco de pura raza, puñalaita), entre el tópico y la despiadada crítica, aunque cita nombres propios de quienes fueron “alguien” en la historia flamenca:“…Y vayan Vds. á decir a un flamenco de pur sang que el Marrurro, el Mezcle y la Carbonera no son artistas y artistas notabilísimos, y la contestación será una puñalaita hasta la mano con que tratarán de convencerles…”
Hasta 1936 el Diccionario de la Real Academia no recoge las voces “flamenquería“ como calidad de flamenco, chulería, y “flamenquismo”, afición a las costumbres flamencas o achuladas. Hubo que esperar a varios diccionarios posteriores para que se recogiera la acepción de flamenco como chulo, insolente -aunque en el de 1925 se contempla “Achulado”– y el ejemplo de “Ponerse flamenco“.
Y “ponerse flamenco” es tres cuarto de lo propio de lo que en “La sal de Jesús“, en 1847, dice un gitano farruco y pendenciero creado por su autor, Francisco Sánchez del Arco:
En el medio de esta sala
he de formar una fuente
con las costillas de un guapo
y la sangre de un valiente.
Situaciones como esa, resultado de riñas con cuchillo que terminaron en muerte alevosa, es la que adivinamos en la imponente siguiriya gaditana, creada in extremis:
Comparito mío Cuco,
dirle usté a mi mare
que me ‘stoy muriendo en esta casapuertita
revorcáo en sangre.
O el gitano baratero, valenton que maneja el cuchillo para imponer su ley en cualquier timba, que pinta Manuel María de Santa Ana, en 1844:
-Esa baraja no sirve,
dice arrojando en la tierra
otra, y clavando el cuchillo
sobre la manta en que juegan…




HOLA ME LLAMO DAVID,CREO QUE ES MUY INTERESANTE, QUE HAYA GENTE QUE SE DEDIQUE HA INVESTIGAR SOBRE LA PALABRA FLAMENCO.YO PREFIERO CANTE HONDO,POR QUE EL ARBOL GENAOLOGICO DEL CANTE HONDO, CREO QUE ES MAS ACERTADO ME GUSTA MAS.IGUALMENTE TE FELICITO POR TU INVESTIGACION. SALUDOS