¿FLAMENCO?: una metonimia (I)
26. Julio 2011 | Por loscaminos | Categoria: Investigación¿Por qué llamamos “flamenco” a nuestro arte? ¿De dónde proviene un término comúnmente aceptado pero no de forma unánime?… En este magnífico artículo de opinión, el investigador de El Puerto de Santa María, Luis Suárez Ávila, nos propone una visión sobre el término “flamenco”.
Si se huvieran conservado los nombres que Adán puso a las cosas, supiéramos sus esencias, sus calidades y propiedades; ya que esto no nos consta, es cierto que los nombres que ponemos a las cosas les vienen a quadrar por alguna razón… (SEBASTIÁN DE COVARRUBIAS. Tesoro de la lengua castellana o española, 1611.)
Rebuscar en la prensa del XIX es saludable recurso para comprobar que el nombre de flamenco está perfectamente consolidado ya en los años 1850. Denomina a un incipiente género que está a punto de ser –si es que ya no lo ha sido antes–, convertido en mercancía, “modus vivendi”, al amparo de la afirmación de los caracteres nacionales y del resurgir de lo castizo. Sin embargo, el fenómeno, con otros nombres, o sin él, viene desde más antiguo; preexiste, aunque diseminada y solapadamente, al nombre. Nuestros Siglos de Oro han sido testigos de las aptitudes de los gitanos para el canto y la danza. El siglo XVIII es, en cambio, el de la sedimentación de los variopintos ingredientes a los que, materiales de acarreo o en trance de pérdida, se les ha dado un nuevo cauce expresivo. La unidad del género, dentro de su diversidad, se identifica como cantos y bailes de gitanos (con sus nombres propios: Chacona, zarabanda, Antón Colorado…), aires andaluces (polo, jaleos, caña, panaderos, seguidillas, almorano, gilianas…), “jaleillo probe”, “bailes de candil”… Pese a todo, su definitiva eclosión es consecuencia de la devoción romántica de los costumbristas y escritores viajeros por el llamado “color local” y lo pintoresco.
Con la reacción del casticismo ocurre su “hallazgo” e ingresa, como diversión y espectáculo, en los llamados salones y escuelas de baile, en los bailes de candil, en los teatrillos, en las botillerías, en los cafés cantantes… y se mantiene en ventas y figones. Se percibe, sin embargo, que, desde “siempre”, casi en gestación, fue un medio de vida. Un buen rastro literario de los cantos y danzas de los gitanos permite confirmar la adopción por éstos y la integración paulatina de materiales muy diversos –pero todos ellos españoles, aunque con algún ingrediente negroide–, deturpados o no, con los que se forja un fenómeno que termina por “normalizarse”, apremiado por la necesidad de ser expuesto al público y a diario. Esa normalización va requiriendo de cánones,repertorios, incorporaciones, que acaban por multiplicar sus formas y fijar definitivamente sus maneras, para desembocar tanteando un espurio concepto de “pureza” y posiblemente algunas invenciones de la tradición. Ello no es obstáculo para que siga habiendo sectores flamencos de los llamados intimistas –ajenos al “artisteo”-que aún proporcionan materiales venerables y sorprendentemente antiguos o de incorporación relativamente reciente, aunque rodados en el tiempo.

No obstante, como ha ocurrido cíclicamente y, salvo períodos más o menos “regeneracionistas” –v. gr. el romanticismo, el folklorismo de la primera República y la Restauración, la Generación del 27, el neojondismo de los 1960-70–, la literatura le ha sido esquiva y, muy en particular, los gacetilleros del XIX han sido críticos mordaces con las manifestaciones flamencas. Lo contrario sucede con los costumbristas y viajeros extranjeros que las describen como escenas pintorescas arquetípicas, mostrando lo actual revestido con caracteres pretendidamente primitivos, dando con ello, una perspectiva falsamente histórica al realismo naturalista. El valor de lo diferente, de lo exótico, es lo que sorprende entre lo que refleja la prensa, lo que la sociedad está percibiendo y lo que siempre ha estado larvado en la literatura.
Otra cosa es el nombre. Los nombres son expresión de una necesidad apremiante por distinguir a alguien o a algo del resto. Su atribución es exógena. Quiero decir que nunca viene desde dentro. La imposición de un nombre es cuestión de terceros. De ahí que, cuando algo se hace notar o se reitera, sea preciso ponerle nombre. Y se lo ponen. Da igual que sea un nombre, un mote, un alias o un apodo. Es el referente. A veces se toma el todo por la parte. Eso es muy común.
Decididamente, “flamenco” es una metonimia. Decididamente, los flamencos, los gitanos, han sido tachados de “gente baja y escandalosa”, de fanfarrones, de pendencieros, de valentones, de barateros …. Acaso no sea un tópico lo de la “faca en la liga”, ni el cuchillo en la faja.
Quienes han optado por envolver de misterio, de falsa perspectiva y enfermiza nostalgia este fenómeno, han escrito que la voz “flamenco” procede del árabe, “felah mengu” que dicen que quiere decir campesino huido; otros, lo hacen descender de flamancia, de llama; otros, que tienen algún parecido con la gente de Flandes o creerlos procedentes de aquellas tierras; otros, por aquello del cante, lo quieren ver en un libro de coro de la Casa de Medinaceli, en que en los lugares destinados a las voces o cantores aparecen consignadas marginalmente las palabras “flamenco” y “flamenco primero”; otros, que por vestir chaqueta corta, ser altos y quebrados de cintura, pierniceñidos y nalguisacados eran propia y pintiparadamente la vera efigies del ave palmípeda de ese nombre; otros, que la derivan del verbo latino “parlare”, haciendo sinuosos razonamientos y arabescos. En fin, que cada cual opina como ha querido sin un fundamento que a la sana crítica pueda convencer sin cierta violencia. En el fondo, han quedado como amagos fallidos de trascendentes enredadores. Y, sin embargo, esos peregrinos argumentos han circulado y son repetidos y recopiados por unos y otros, para acabar pareciendo dogmas.

Lo cierto y verdad es que gitano y flamenco fueron y son una misma cosa. En un sainete de 1830, “El tío Conejo“, puede leerse:
DIRECTOR: …………..…………………..
mi comprender
el cachirrulo, el morrongo,
quirivé de me.
………………………………
¿mi saber parlar quitano,
eh?
CONEJO: -Lo mesmito que un flamenco.
Una década después, en 1841, el viajero inglés George Borrow escribe en su “The zíncali”:
Gitanos o egipcios es el nombre con que por lo común, se ha conocido en España, así en épocas pasadas, como en el presente, a los que en inglés llaman gipsies, pero también se les ha dado otros varios nombres: por ejemplo, Castellanos nuevos, Germanos y Flamencos…, en el original “Flamings”.

Decididamente, lo repito, los flamencos han sido, de siempre, mozos crúos, gente de rompe y rasga, echada p’alante, pronta a sacar el cuchillo o la navaja para dirimir cualquier cuestión. La figura romántica de la gente del camino, del bandolero, del torero, del jifero, del mozo del matadero, del gitano, en suma, es la de un sujeto armado de un cuchillo, envainado en la faja liada a su cintura. Y no es fantasía, sino realidad. Sin embargo, en torno a ello se ha forjado todo un mundo mítico por pintores y grabadores y por escritores, viajeros y costumbristas del siglo XVIII y del XIX, entre los que bullen don Juan de la Cruz, Alenza, Rodríguez Villamil, Francisco Lameyer, Carnicero, Gustavo Doré… Cadalso, Washintong Irving, Charles Davillier, Richard Ford, George Borrow, Estébanez Calderón, Rodríguez Rubí, Bécquer… Las fisiologías, los retratos de arquetipos del romanticismo, pintan al gitano con su cuchillo en la faja y la chivata de horquilla en una mano.
Y a las fisiologías hay que añadir las guías y los manuales para todo y cualquier cosa que fueron circulando, dando tono al pretendido realismo ilustrado (?) del casticismo romántico. Así, se ha hecho un clásico una obrita anónima, pero firmada con las iniciales M. de R., publicada en 1849, el “Manual del baratero o arte de manejar la navaja, el cuchillo y la tijera de los jitanos”, en que describen los golpes y recursos para los ataques y defensas con la navaja, el cuchillo y las tijeras, arma esta última peligrosísima en una riña, pero utilizada en el esquileo de bestias, oficio propio de la gente gitana, ocupación, por cierto, también prohibida por las pragmáticas.
El mundo del hampa, las cofradías de malhechores, se convierten en materia literaria desde mucho antes. Los gitanos seducen por su exotismo desde su aparición en la escena española y su submundo está patente tanto en las pragmáticas reales, como en la vida misma. Se les prohíbe tener armas, pero, en cambio, siempre dispusieron de ellas. Y “el de las cachas amarillas” de nuestros Siglos de Oro, no es sino un eufemismo para nombrar al cuchillo flamenco, como lo son “la herramienta“, la “lezna“, el “alfiler“, el “lenguado” , la “mojarra”, el “churí” o el “chisme“… del habla jergal.

Porque esas cofradías de germanes (recuérdese que en tiempos de George Borrow se les llamó a los gitanos castellanos nuevos, germanos y flamencos), jaques, rufianes, pícaros…, como escribe Vicente Espinel en 1578, es “una especie de gentes que ni parecen cristianos, ni moros, ni gentiles, sino su religión es adorar en la diosa Valentía, porque les parece que estando en esta cofradía los tendrán y respetarán por valientes”. Y el doctor Suárez de Figueroa en “El Pasajero” escribe de esta gente: “es gusto verlos rebentar de valientes”. O en “El Rufián dichoso” de Cervantes en que Antonia, encareciendo la guapeza de Lugo, dice:
“¿Hay más que ver que le dan
Parias los más arrogantes,
De la Heria los matantes,
Los bravos de San Román?”
Porque los barrios sevillanos de la Feria, o Heria y San Román, fueron, como los llamaban los poetas jácaros, “La Chipre de la valentía” y, aun otra vez, en “El Rufián dichoso”, se vuelve a insistir, por Fray Antonio, ponderando el arrojo del valiente Lugo:
Que por Dios, y así me goce,
Que le vi reñir con doce
De Heria y de San Román.
Viniéndonos más cerca, un sucedido de 1767, pero relatado después, por José Cadalso en la VII de las “Cartas Marruecas”, cuenta que, cuando iba a caballo para Cádiz, se perdió de noche y se encontró a un “señorito” que lo condujo a un cortijo donde se vio sorprendido con la primera reunión flamenca de que se tiene noticia. Allí oficiaba de director un gitano llamado “El Tío Gregorio“:
“-¿Quién es ese tío Gregorio?- preguntéle, atónito de que aprobase tal insolencia; y me respondió: -El tío Gregorio es un carnicero de la ciudad que suele acompañarnos a comer, fumar y jugar. ¡Poquito le queremos todos los caballeros de por acá! Con ocasión de irse mi primo Jaime María a Granada y yo a Sevilla, hubimos de sacar la espada sobre quién lo había de llevar; y en esto hubiera parado la cosa, si en aquel tiempo mismo no le hubiera prendido la justicia por no sé qué puñaladillas que dio en la feria y otras frioleras semejantes, que todo ello se compuso al mes de cárcel”.




