Cante auténtico con sabor a Mojama

22. Febrero 2010 | Por loscaminos | Categoria: Opinión

Publicado por Manolo Bohórquez en su blog http://blogs.elcorreoweb.es/lagazapera/

A Salomé Pavón. Foto: Archivo Juan Rondón

 Hasta hace muy pocos años, en que se ha recuperado su memoria pública y se han reeditado sus cantes, Juan Valencia Carpio, Juanito Mojama, era un absoluto desconocido para la gran mayoría de los aficionados actuales. Sólo se sabía de él por unas líneas que le dedicó Fernando el de Triana en su célebre libro (Arte y artistas flamencos, 1935), y por lo que contaban algunos cantaores viejos que ya han desaparecido, además de los pocos que aún viven y que no han olvidado cómo cantaba y bailaba este gitano menudo y serio. Descendiente del gran seguiriyero Paco la Luz, Juan Mojama nació en el barrio de San Miguel de Jerez de la Frontera, en el seno de una familia gitana de gran tradición flamenca. Recibió su primer beso de luz el día 23 de agosto de 1892, en el número 12 de la calle Honsario, según publicó hace años años el joven investigador Ramón Soler Díaz, en un excelente trabajo editado en la revista Candil. Hijo de un gitano de Santiago, Juan Valencia Romero, y de Joaquina Carpio Heredia, que también era gitana, destacó primero como bailaor en las fiestas del barrio, y después despuntó como cantaor. En 1912 se trasladó a Madrid y comenzó a trabajar en locales como Fornos, Villa Rosa y Los Gabrieles, donde lo llamaban Clarito Mojama. Es entonces cundo Miguel Borrull padre le pone el remoquete de Mojama. Raro para las fiestas y, desde luego, para los escenarios, le resultó muy difícil hacerse un sitio entre los Chacón, Escacena, José Cepero y Fernando el Herrero, entre otros cantaores que también emigraron a Madrid para probar suerte. El jerezano no la encontró, aunque nada más llegar a la capital de España se ganó el cariño de todos estos cantaores, y el de muchos aficionados. Don Antonio Chacón fue uno de sus más grandes admiradores, quizá porque Juanito había forjado su manera de cantar con elementos del estilo del jerezano y del de Manuel Torre, cantaor también de Jerez al que idolatraba Chacón. O sea, que Mojama supo situarse entre las dos escuelas que marcaron el cante en la primera década del pasado siglo, las de Chacón y Manuel Torre, como hicieron otros dos grandes artistas de la época: el Niño Medina y la Niña de los Peines. Era una escuela creada a partir de elementos del cante gitano y el cante andaluz, que ya inició Silverio Franconetti en el inicio de la segunda mitad del siglo XIX. Mojama no fue nunca un cantaor para el público, de ahí que rehusara cantar en los espectáculos de la Ópera flamenca, lo mismo que Tomás Pavón, Fernando el Herrero, Matrona y otros. Tampoco le atrajo nunca la idea de grabar discos, como a otros de su tiempo, pero lo hizo y gracias a ello podemos gozar hoy de una manera de cantar que, lamentablemente, se está perdiendo.

Mojama aparece al lado del segundo guitarrista, con bastón. Canta José Ortega, y al lado, su hermana Rita toca las palmas.

 En 1929, y con la guitarra de otro de sus grandes admiradores, don Ramón Montoya, grabó ocho discos para el sello Gramófono, legándonos un verdadero tesoro: tientos, soleares, granadinas, alegrías, seguiriyas, caracoles, tarantas y bulerías. Tenía 37 años de edad y estaba en plenitud de facultades. Después de la guerra civil grabó en Columbia otros siete cantes, con Montoya también. Valderrama me contó que acompañó a Mojama en este viaje, estando presente en la grabación de los discos. Lástima que sólo grabara estas placas, porque dicen quienes le escucharon muchas veces, como es el caso de Juanito Valderrama, que tenía un repertorio interminable de soleares y seguiriyas, y de otros cantes como la caña de Chacón y una gran variedad de tonás jerezanas y trianeras. Como no podía ser de otra manera, dado su carácter, los últimos años de su vida los pasó con más pena que gloria. En 1949 le tributaron un homenaje benéfico en el Teatro Alcalá de Madrid y vivió algún tiempo del dinero recaudado y de las pocas fiestas que le daban. Envejecido y sin dinero, abandonó la capital de España tras la muerte de sus dos hermanas, que eran su único consuelo, y se fue a Jerez buscando el calor de sus paisanos. Allí tuvo incluso que vender tabaco para sobrevivir, según asegura Ramón Soler en el reportaje ya citado. Más tarde se vino a Sevilla, donde, al parecer, olvidado por todos y con la cabeza perdida no se sabe dónde, abandonó este mundo en 1957. Precisamente cuando la afición comenzaba a darle valor al cante gitano más auténtico. Sus discos son un tesoro.

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