COPLAS DE NOCHEBUENA

9. Diciembre 2008 | Por loscaminos | Categoria: Opinión

Que la celebración de nuestra Navidad también está sometida a la dictatorial exigencia de la globalización es algo tangible desde hace muchos años. Cada vez son más parecidas las formas de pasaralas en cualquier lugar del mundo, con un claro predominio de la usanza anglosajona y estadounidense. Por la inercia por la que cada vez comienzan antes (dentro de nada veremos anuncios navideños mientras nos bañamos en la Victoria) y que las grandes superficies, con nuestra complicidad, la han convertido en la gran marcha consumista del año, nuestra navidad se empobrece culturalmente, paradójicamente cuando nuestras mesas se caen. Como en otras guerras, la batalla la va ganando la televisión, al punto que la familia ya se reparte en la Nochebuena en habitaciones diferentes, según los programas apetecidos por cada miembro de la misma. Y así podemos seguir con varios capítulos en la desamortización moral de nuestros usos y costumbres. Pero hay algo propio y auténtico que aún se agarra a la raíz de los tiempos: nuestras coplas y villancicos siguen asidas a nuestra conciencia colectiva; un patrimonio oral realmente rico. Las conocidas popularmente como zambombas, en honor al instrumento que preside la reunión cantada, son fruto de un cuerpo lírico lleno de matices, pues en ella se abrazan composiciones populares y algunas cultas, de muy diversa procedencia.

Desde alguna versión del poema del Don Bueso, algunos fragmentos que nos llega de romances fronterizos del siglo XV, la canción infantil (recuperada para estos menesteres), la copla de contenido erótico burlesco que conservaron nuestras amas de casa en sus pocos momentos de asueto o la sentencia moral en forma de campanilleros (que de antiguo eran las estrofas cantadas de los rosarios de la Aurora). Todo un mundo de sensaciones cuya naturaleza popular ha duplicado su importancia. Analizaremos detenidamente algunos factores de evidente erosión temporal, que aquí nada ni nadie se salva. La primera es la irreverente profesionalización de los actuantes en estas reuniones. Si antes, eran reuniones de vecinos, quienes de forma colectiva y al unísono celebraban sus Pascuas al son de los instrumentos caseros, hoy se anuncian “artistas” en nuestras zambombas, lo que ha propiciado que de reunión colectiva se haya pasado a actuantes y espectadores. Una desnaturalización monumental, y peligrosa, de la que seguiremos contando.

José María Castaño

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