Eva la Yerbabuena sueña y baila bajo la Lluvia

14. Octubre 2009 | Por loscaminos | Categoria: Opinión

Teatro Villamarta de Jerez. 8 de octubre 2009. El Flamenco Viene del Sur.

Artículo publicado en www.flamencoenred.tv / www.diezencultura.es

         La séptima producción escenográfica de Eva es, ante todo, un ejercicio de introspección en el que la artista explora un mundo interior lleno de soledad y melancolía. Este estado anímico es el que inunda la propuesta estética y su lenguaje gestual basado, como en anteriores espectáculos, en dos discursos interpretativos claramente diferenciados: su persistente deseo de danzar con tintes contemporáneos y el baile flamenco de siempre. Esto responde a la inquietud de Yerbabuena por insertar un mensaje a la obra y que, como ya anticipó, se inspira en esas tardes de lluvia otoñales que traen el eco de voces interiores en las que el desamor zapatea como remedio a la incomunicación. Todo ese proceso lo canaliza a través de la danza con una clara referencia al legado de la coreógrafa alemana Pina Baush, si bien adaptándolo al flamenco gracias a la ayuda de una magnífica música compuesta por Paco Jarana. Movimientos surrealistas que resuelve con tintes de mímica y pantomima que recuerda, en ocasiones, antiguas escenas del cine mudo.

            Ante la sorpresa del público y, arrancando desde un poema coreografiado de Horacio García, Eva accede al proscenio desde el patio de butacas. Una calle cualquiera, camino de cualquier parte, se llena de gentes anónimas que tan siquiera prestan atención al personaje principal, pues, se quiere representar ese mundo actual en el que todos estamos tan rodeados de personas pero tan solos al mismo tiempo. La penumbra y el tono grisáceo que todo lo inunda crean la atmósfera requerida por la artista y que se traduce en el empleo del trémolo guitarrístico en el número inaugural “El sin fin de la vida”.

            Una puerta separa el mundo silencioso e interior de la artista con el resto del universo, representado por el compás que surge cuando se abren sus hojas. “Peldaño” es una transición en el que aparece el cante y también el bailaor gaditano Edu Guerrero para hacer un paso a dos con Eva siguiendo el discurso intimista.

            Casi a los veinte minutos de la obra, el baile flamenco aparece dejando  la danza  a un lado y muestra a una Eva inmensa interpretando el material musical levantino. Los cantaores José Valencia y Jeromo Segura desglosan en sus voces los tercios de murciana, taranto y taranta. La bailaora se deja seducir por el cante. Quizás sea ésta una de sus máximas virtudes interpretativas y lo que la convierte en una artista de primer nivel. Se reserva algo para la traca final y su esperada soleá pero ya en este número deja entrever todo su arsenal artístico: la perfecta colocación, su innata elegancia, ese sensual ahuecamiento de las cadenas y el fino braceo que complementa con unos pies brillantes. Hay una simetría espectacular en Eva pues zapatea con la misma intensidad a derecha e izquierda. La Eva bailaora deja en un segundo plano a la Eva que insiste en la danza con elementos algo manidos, como la mesa que sirve de enlace con Edu Guerrero cuando detrás suena la milonga, interpretada con oficio y gusto por Pepe de Pura.

            “Palabras rotas” es otro número de transición basado en el empleo de un loop de sintetizador y coreografiado en un paso a cuatro por el resto de la compañía que persiste en la propuesta inicial: el silencio. Tanto que se escenifica un quejío sin sonido por José Valencia.

            Justo cuando la atmósfera se hace más grávida, aparece el baúl de los recuerdos. El flamenco es un cauce inevitable para expresar la desazón pero también entre sus compases encuentra el antídoto. Algo así quiso expresarnos Eva cuando transforma la escena teñida de tristeza en una colorista sala. Hay cambio de traje y cambio de registros. Dedicados a sus abuelos Concha Ríos y José Garrido, la bailaora se desmelena por tanguillos con un picarón movimiento de caderas, acompañado por el sensual movimiento de hombros. El desenfado gana la partida al discurso plúmbeo y el cuerpo de baile hace las delicias interpretado romeras y alegrías con Mercedes de Córdoba e Irene Lozano como salerosas protagonistas.

            La Yerbabuena ha ido acumulando una gran experiencia en estos años y sabe, de sobra, que todo debe ser coronado con su eterna soleá. Parece como si todo lo anterior no fuera sino un pretexto para ello. Desde los primeros compases, se libera de toda atadura y se muestra plena. José Valencia recuerda el cante de Juan Ramírez y Eva se deja llevar. Se gusta. Su soleá es solemne y tiene el peso de la quinta esencia. Para finalizar, se duele gestualizando el dramático “Se nos rompió el amor” con mantón. Esa es la Eva grande y sin concesiones a la galería que ha conseguido tantos laureles y que desplaza a todas las versiones de sí misma que nos ha propuesto a lo largo del espectáculo. Vuelve la calle gris llena de gentes anónimas y La Yerbabuena se marcha por el patio de butacas dejando la melaza del arte grande.

José María Castaño

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