Falseta por seguiriyas
8. junio 2009 | Por loscaminos | Categoria: OpiniónPublicado en www.abcdesevilla.es por ALBERTO GARCÍA REYES. Domingo, 07-06-09
La última falseta de Parilla ha sonado antes de tiempo. La última falseta del gitano estilizado, santo y seña de los gitanos señoriales de Jerez, está reverberando ahora, por seguiriyas, sobre el cante de su abuelo Juanichi, aquel gañán que llegó a manijero mientras hacía la necrológica más dolorosa de la historia del cante: «Comparito mío Cuco / anda, ve y llama a mi mare / que me muero en esta casapuerta / revorcaíto en sangre». Parrilla se ha muerto «revorcaíto» en el olvido, en el silencio oscuro de su bajañí. Se fue Francisca, a quien tantas veces le arropó el grito abismal de su «aliole», y Manuel ya no supo qué hacer con su vida. Se acabó su bailecito por bulerías, que ya lo quisieran para sí muchos bailaores de postín. Ha muerto uno de los últimos espíritus belmontinos del flamenco. Porque Parrilla toca como es. Sus falsetas eran tan complejas por dentro como sencillas por fuera. Eran el negro para el blanco cante de Chano Lobato. Ay, cómo me acuerdo de aquella noche en el museo. Matilde Coral, Chano y Parrilla de Jerez. Monumento a la picaresca. Mucho palique y poquito cante. Y cada cual con su geografía a cuestas. La última falseta de Parilla ha sonado antes de tiempo. La última falseta del gitano estilizado, santo y seña de los gitanos señoriales de Jerez, está reverberando ahora, por seguiriyas, sobre el cante de su abuelo Juanichi, aquel gañán que llegó a manijero mientras hacía la necrológica más dolorosa de la historia del cante: «Comparito mío Cuco / anda, ve y llama a mi mare / que me muero en esta casapuerta / revorcaíto en sangre». Parrilla se ha muerto «revorcaíto» en el olvido, en el silencio oscuro de su bajañí. Se fue Francisca, a quien tantas veces le arropó el grito abismal de su «aliole», y Manuel ya no supo qué hacer con su vida. Se acabó su bailecito por bulerías, que ya lo quisieran para sí muchos bailaores de postín. Ha muerto uno de los últimos espíritus belmontinos del flamenco. Porque Parrilla toca como es. Sus falsetas eran tan complejas por dentro como sencillas por fuera. Eran el negro para el blanco cante de Chano Lobato. Ay, cómo me acuerdo de aquella noche en el museo. Matilde Coral, Chano y Parrilla de Jerez. Monumento a la picaresca. Mucho palique y poquito cante. Y cada cual con su geografía a cuestas. Matilde poniendo en su boca los corrales de Triana. Chano despachando embustes de su Cai. Y Parrilla, siempre enhiesto y sin perder la postura de tocaor de barbería, imponiendo el ritmo señorial de su Jerez. Aquellas sí que eran obras de nuestras artes y costumbres populares. Lo son. Porque Parilla va a seguir sonando en las guitarras de cuantos siguen su escuela. Pero cada muerte de quienes decidieron ser flamencos en tiempos de persecución es una seguiriya de Juanichi el Manijero. Parrilla, que aprendió cuatro cosillas de su padre y otras cuatro de Rafael del Águila, salió a buscarse la vida entre señoritos y aprendió a ser más señor que ninguno. Manuel era el colmo de la educación. Siempre estaba en su sitio. Tenía un cierto aire marchenista en su comportamiento. Era imposible descubrir sus lagunas. Salía de todas como salió Pepe Marchena de aquella reunión en la que le trajeron un telegrama urgente. «Léalo usted en voz alta, que yo no tengo secretos pa naide», le dijo al correveidile para ocultar su analfabetismo. Parrilla era capaz de montarse solo en el metro de Tokio y llegar hasta su destino a pesar de las grafías japonesas. Estaba hecho para sobrevivir en la selva. Pero no pudo sobrevivir a La Paquera. Murió ella y empezó a morirse él. Olvidado. Arrinconado en la boca de su guitarra y viendo oxidarse las cuerdas. Tocando su última falseta. La más difícil. La que más me duele. Su silencio eterno. Silencio, señores, que estoy tratando de afinar, «sentaíto» en mi petate, una cuerda menos del clavijero de mi guitarra. Dios mío, qué poquitas le van quedando.atilde poniendo en su boca los corrales de Triana. Chano despachando embustes de su Cai. Y Parrilla, siempre enhiesto y sin perder la postura de tocaor de barbería, imponiendo el ritmo señorial de su Jerez. Aquellas sí que eran obras de nuestras artes y costumbres populares. Lo son. Porque Parilla va a seguir sonando en las guitarras de cuantos siguen su escuela. Pero cada muerte de quienes decidieron ser flamencos en tiempos de persecución es una seguiriya de Juanichi el Manijero. Parrilla, que aprendió cuatro cosillas de su padre y otras cuatro de Rafael del Águila, salió a buscarse la vida entre señoritos y aprendió a ser más señor que ninguno. Manuel era el colmo de la educación. Siempre estaba en su sitio. Tenía un cierto aire marchenista en su comportamiento. Era imposible descubrir sus lagunas. Salía de todas como salió Pepe Marchena de aquella reunión en la que le trajeron un telegrama urgente. «Léalo usted en voz alta, que yo no tengo secretos pa naide», le dijo al correveidile para ocultar su analfabetismo. Parrilla era capaz de montarse solo en el metro de Tokio y llegar hasta su destino a pesar de las grafías japonesas. Estaba hecho para sobrevivir en la selva. Pero no pudo sobrevivir a La Paquera. Murió ella y empezó a morirse él. Olvidado. Arrinconado en la boca de su guitarra y viendo oxidarse las cuerdas. Tocando su última falseta. La más difícil. La que más me duele. Su silencio eterno. Silencio, señores, que estoy tratando de afinar, «sentaíto» en mi petate, una cuerda menos del clavijero de mi guitarra. Dios mío, qué poquitas le van quedando.

Acompañando a La Paqura de Jerez




