Fernando Terremoto hijo, la última siguiriya
3. Marzo 2010 | Por loscaminos | Categoria: OpiniónPublicado en la sección “In memoriam” del diario EL PAÍS
Se le apareció la muerte, como dice la vieja malagueña flamenca. Le hizo un guiño cuando más jubiloso estaba el día por Jerez de la Frontera. Tras una larga gira por el extranjero, Fernando Terremoto hijo desayunaba en el Bar Volapié en la Asunción, una de las más señeras barriadas de la ciudad de los gitanos, según Federico García Lorca. El olor a café y el guiso de Manuela se fundían en el ambiente, mientras se mostraba feliz. Se sabía señalado, elegido tal vez, para ser portavoz por todo el mundo de una cultura ancestral, la flamenca, de la que había heredado la capacidad para conmover, para quejarse con dignidad y belleza a un mismo tiempo. Fernando Fernández Pantoja contaba en ese momento con cuarenta años de edad y se hallaba en la plenitud de su carrera con un disco a punto de salir al mercado. Miembro de una amplia dinastía cantaora, comenzó como guitarrista pero pronto el cante le prendió en las carnes y se dedicó por entero a su ejercicio como profesional. Paso a paso, se hizo un hueco importante en el escalafón flamenco y estaba considerado como una de las grandes voces del género. Su corta pero rutilante carrera lo hizo merecedor de los más importantes premios nacionales y, lo que es más importante, del afecto y la admiración de su propia ralea.
Aquella mañana, la muerte fue por él, sin contemplaciones, y le envío dos derrotes traicioneros que lo revolcaron por el albero de la sinrazón. Aún así, tan poderosa, no pudo con Fernando; había alguna cuenta pendiente por el camino. No en vano, ya conocía la aspereza de su negro tacto cuando se llevó a su pare Fernando, apenas siendo un niño, y a su mare Isabel, cuando más falta le hacía. Al ir derecho por él, al mirarlo frente a frente, el artista la pudo esquivar milagrosamente; tenía guardado un cante en la última alcoba de su alma, como el exiliado que guarda un puñado de su tierra perdida.
Desde aquel momento, a Fernando le sobrevino un fatigoso calvario por salas de hospital y amargas sesiones de radioterapia. Su familia le insufló las fuerzas necesarias porque aún tenía algo que decir, que cantar, y eso lo mantenía vivo con sus dos ojos chiribitas abiertos a la vida como ascuas de carbón. Tras la recuperación, llegó el coraje, su entereza humana, y Fernando le plantó cara a la muerte. No se lo podía llevar sin testamentar ese último cante heredado de sus mayores, reflejo mismo de los temblores de la tierra.
Cierto es que se sabía enfermo pero tiró de casta y convocó a todos en la peña flamenca que lleva el nombre de su padre, allá cuando la vendimia perfuma los pagos jerezanos. Quería testigos de aquel encuentro a tumba abierta y hasta allí fuimos todos: compañeros de profesión, amigos, periodistas, familiares, vecinos, pescaeros, tratantes… La vieja Parca rondaba con su manto opaco aquella noche señalaíta; mas Fernando ya se había cogido el pecho para cantar por siguiriyas, el supremo gesto del dolor. Cantó con rebeldía y se derramó invocando las penurias de siglos de una raza que bien sabe lo que es sufrir y resignarse al destino más cruel. Como gruta, de su boca salieron unos tercios con sabor a sangre. Le cantaba a la vida y no quería irse de ella, de ahí esos ayes afilados y profundos que no eran sino desafíos a una muerte que ya le había tomado de un brazo, pero no aún del otro. Fue entonces, cuando brotaron de su ser esos soníos lastimeros y sentenciosos, retorciéndose en lo sombrío. El grito removiendo el inmenso oscuro.
Cuando culminó aquella siguiriya, Fernando soltó un suspiro hondo, como de rabia contenida. Lo había logrado. Luchó lo imposible para dejar un testimonio único en forma de cante que, junto a su corta pero brillante carrera, traspasará el tiempo y hará que nadie olvide ese monumento postrero al sentimiento humano con letras mayúsculas. Sí, al final se lo ha llevado sin misericordia, quedaba toda una vida por delante para seguir demostrando que era uno de los grandes del arte jondo, un disco por presentar, una proyección inigualable, pero no estoy tan seguro que la muerte le haya ganado la partida por entero.
José María Castaño

Hasta siempre, Fernando.





No he tenido mas remedio que emocionarme con esto que has escrito amigo jose maria, y pienso igual que tu y que muchos no creo que la muerte le haya ganado la partida del todo, desde aqui todo mi reconocimiento a este grandisimo cantaor y gran persona.Hasta pronto fernando.
Es justo y probable que Fernando Terremoto reciba muchos homenajes pero sera dificil que ningun otro me resulte mas conmovedor.
Terrible pérdida la de Fernando. figuras como él son especialmente necesarias en los tiempos de cierta confusión por los que pasa el flamenco actual. Su decir de raiz, por derecho y sin mentiras se recordará siempre.
También se le recordará por haber sido persona buena, seria y profesional.
Personalmente guardo lo que me dijo las dos veces que vino al Juglar, sala de muy poco aforo: “Garve, por que no quepan más de cincuenta personas no creas que voy a cantar con menos interés, lo voy a hacer como si estuviera en el Real…”. ¡Y vaya si lo hizo!
Mi más sincero agradecimiento, por las palabras tan conmovedoras, entrañables y llenas de autenticidad
y verdad, que derramas en tu artículo. Corroboro que la muerte, no le ha ganado la partida a Fernandito, sus muchas cualidades humanas y su corto pero profundísimo legado, unido a la auténtica, pura y honesta amistad que le entregaba a todo el que lo conocía, harán que su recuerdo perdure siempre en nuestros corazones.
“Terre” pídele a Dios por nosotros. Hasta luego
Fernando siempre estarás vivo para tus primos y amigos de la Asunción. Siempre te recordaremos y todas las navidades brindaremos por ti. Sin ti nunca será lo mismo pero nosotros seguiremos viendonos y te mantendremos vivo con nuestros recuerdos y el más sincero y puro cariño que se le puede tener a alguien que te has criado con el.
Hago este comentario en voz de más de 30 personas vecinos de la Asunción, incluso de un barrio entero, los cuales presumimos de tener una educación en valores queda ejemplo de convivencia y de la que Fernando era su máxima expresión y por siempre como artista y como persona serás el mejor con diferencia.
No tuve la suerte de conocerlo personalmente, aunque tengo constancia de que era un cantaor único y buena persona.
Ni si quiera me enteré del día de su muerte y puedo decir que he necesitado varios días creerme que Fernando nos dejó.
Ha sido una pena porque el flamenco se ha visto quejado y desprovisto de uno de los pilares más importantes de este arte nuestro. Ha sido una pena ya que era una persona joven y todavía tenía mucho que aportar al flamenco. Se ve que el cielo lo ha requerido para que le haga compañía y le cante junto con otros flamencos que ya no están con nosotros.