Ha muerto el cuplé gitano: Bernarda ya está con Fernanda

29. Octubre 2009 | Por loscaminos | Categoria: Opinión

Alberto García Reyes. Sevilla

Publicado en www.abcdesevilla.es. Jueves, 29-10-09

Silencio. Que ser pare el compás de los gitanos de Utrera. Que se detenga el tren del cante. Bernarda ha muerto del todo. Su primera mitad se fue con Fernanda. Ahora se va su alma, harta de agonizar en las sábanas de la nostalgia. Bernarda Jiménez Peña, una de las dos Niñas de Utrera, cantaora básica que tuvo la humildad de plegarse a las quejumbres abisales de su hermana, decidió reunirse con ella ayer, después de tres años padeciendo uno de los males más duros de cuantos hay: la falta de su ser más querido. Bernarda de Utrera ha muerto de pena. Llorando hasta el último segundo la ausencia de su guía. Cien años después de que viera la luz uno de sus mentores, aquel a quien le cantó por bulerías en septiembre del 83: «Callarse por un momento / ya se acabó el cante grande, / que ha muerto Antonio Mairena / que cantaba como nadie». Calladse por un momento. Ayer, con 82 años, murió Bernarda la de Utrera, la menor de aquellas hermanas que revolucionaron el cante con dos conceptos tan antagónicos como paradójicamente compatibles. Fernanda fue el grito de la alondra «malhería», como escribió Moreno Galván. Bernarda ha sido el compás. Porque, como ella misma recordaba ufana, «yo soy capaz de meter por bulerías la guía de teléfonos».

«Entre lágrimas y penas / el silencio es un crespón, / a los gitanos de Utrera / les han partío el corazón», solía entonar a golpe de nudillos en cuanto se le achuchaba un poco. Pues si su hermana fue la diosa de la soleá, ella era la reina de la bulería. Y aunque ahora sea distinguida como una de las clásicas del cante, Bernarda ha sido grande por haber innovado. Metió a compás todos los grandes éxitos de la radiofórmula de su tiempo hasta conseguir ser condecorada como la mejor intérprete de cuplés por bulerías de la historia. Aunque reducirla a eso es ignorar su obra. Bernarda metió por fiesta cantes que antes apenas habían sonado en la campiña, como tarantas y malagueñas. Pero muchos sólo se percataron de su vasto conocimiento en su etapa final, cuando la enfermedad de su hermana la echó en solitario a los escenarios. Porque Bernarda vivió a la sombra de Fernanda, sin complejos. «Ella ha sido la más grande», repetía llevándose la cruz a los labios. Sin embargo, la niña chica de Utrera tenía otra fijación: Lola Flores. La llevaba en su pecho, colgada de una cadena que se va a la tumba con ella, y la mentaba a diario. Y entre Fernanda y Lola fraguaba su memoria. Recuerdos de aquella casa de Utrera mantenida gracias al matadero, donde su padre, José de la Aurora, las tenía a raya hasta que se las llevaron a Madrid primero y a la Feria Mundial de Nueva York después. La primera vez que salieron de Utrera fue prácticamente para cruzar el Charco. Todo a lo grande. Nostalgia de su madre, la chacha Inés Peña, hija del legendario Pinini, tronco por el que las hermanas enraizaban con las entrañas del cante de Lebrija. Memoria de aquella vez que vino a Utrera el Indio Gitano y después estuvo de fiesta en su casa para que las niñas se estrenaran cantando en el corral. Bernarda es la historia del flamenco del siglo XX. Una gitana que grabó por primera vez gracias a Antonio Mairena y que jamás le soltó la mano a su Fernanda mientras se buscaban la vida por las fiestas de Sevilla a mediados de siglo y por los tablaos de la capital a finales de los cincuenta. Bernarda es un grito despavorido desde un rascacielos de Nueva York después de varias semanas secuestrada en Manhattan: «¡Dios mío, dónde está Utrera!». Es una saeta al Cristo de los Gitanos saliendo de Santiago, catedral calé de su pueblo. Es un potaje del colegio salesiano. Es el duende o el misterio -que se reparta con su hermana la virtud- de la película de Edgar Neville. Es un debú discográfico en solitario con 73 años -grabó «Ahora» en 2000, cuando ya Fernanda no podía subir a las tablas-. Es otro disco, el segundo y último que hizo sin su hermana, dedicado por entero «A Fernanda». Es premio nacional de Córdoba, Medalla de Plata de Andalucía, hija predilecta de Utrera y Medalla al Mérito de las Bellas Artes. Bernarda Jiménez Peña es, sin lugar a dudas, una figura básica del flamenco y de la cultura andaluza. Una gitana que ha sido velada con gitanería, toda la noche en su casa, y que tendrá que ir a su capilla ardiente en el Salón de Plenos del Ayuntamiento porque no le queda más remedio.

Allí estará impaciente desde las diez de la mañana, después del Pleno Extraordinario que Utrera celebrará en su honor a las 8:30, esperando con ansiedad la hora lorquiana del llanto. A las cinco de la tarde será sepultada junto a su hermana en el mausoleo que tienen en el cementerio utrerano. Por fin volverá a estar con ella. Con todo el linaje de los cantes de la calle Nueva. De la Serneta a Perrate, de Rosario la del Colorao a Gaspar, de Enrique Montoya a Manuel de Angustias. Del Turronero a Fernanda, su diosa, ésa a la que ahora le canta por soleá: «A quién le voy a contar yo / las fatiguitas que estoy pasando, / se las voy a contar a la tierra / cuando me estén me enterrando». Calladse por un momento. Ya se acabó el cante grande. Bernarda le está entonando a Fernanda los cantes de su pueblo: «Tengo el gusto tan colmao / cuando te tengo a mi vera / que si me dieran la muerte / creo que no la sintiera». Claro que no la siente, Bernarda está hoy de fiesta. El cuplé gitano celebra, por fin, su reencuentro con la soleá.

Interesante documento. Bernarda de Utrera canta soleares en la Finca de Juan Belmonte. Pertenece a la película de Edgar Neville “Duende y Misterio del Flamenco” (1952), pero se filmó unos años antes, hacía 1948 o 1949. Colgado en yuotube por Porverita.
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