Los festivales flamencos, un viaje por la Andalucía profunda

26. Julio 2011 | Por loscaminos | Categoria: Crónicas / Reseñas

Artículo Publicado en el Viajero Especial Andalucía de El País el 27 de junio 2009.

De establecer un ranking de regiones del Mundo con mayor inventiva para saber vivir pese a cualquier tipo de dificultad, Andalucía tendría un puesto de privilegio. La imaginación y el ingenio siempre se dieron la mano para que el vitalismo gane siempre la batalla diaria. Y no digamos cuando las temperaturas del termómetro se instalan en la fatídica frontera de los 40ºC de media durante más de cuatro meses.

Aunque no es reconocido por los estamentos oficiales ni libros Guiness, los andaluces han sido pioneros en muchos órdenes cotidianos. Sin contar con una renta per capita excesiva, supieron crear antídotos y fórmulas para mitigar penurias varias y alguna que otra situación extrema.

No es un listado exhaustivo ahí está el yoga andaluz (léase, siesta de las buenas) que incluso están importando los países orientales donde nacieron las más altas técnicas de relajación. O el SRISC (Sistema de Refrigeración Integrada Sin Cables) que son los búcaros o botijos, sin que en Lebrija haya caído un Nobel por esto. Y qué me dicen del red bull de las marismas (igualmente traducible como gazpacho) con las multinacionales disputando el rol de haber creado las bebidas energéticas. O aquellas otras que hacen lo mismo con el fast food o comida rápida, cuando se tarda la mitad en freír una pijota gorda de la Bahía de Cádiz que en hacer una hamburguesa… y sin colesterol.

Los ejemplos serían innumerables; ocurre es que los andaluces no han patentado nada. O casi. Porque ahí está como regalo al mundo nuestro mayor invento: el arte flamenco (que algunos confunden con una mera expresión musical pero que, en el fondo, es un mantra con sombrero de ala ancha que se suele acompañar a la guitarra).

Uniendo estos conceptos vitales y las situaciones de extremas temperaturas, el pueblo andaluz tiró de luminaria y creó una oferta cultural y de ocio extraordinaria: Los Festivales Flamencos. Cada año atraen a miles de turistas de todos los confines del planeta y su seguimiento, a través de pueblos y ciudades que los organizan, puede considerarse como una oferta turística de primer orden.

Una ocasión única para hacer itinerario por la Andalucía más profunda, sus monumentos más emblemáticos, su gastronomía más típica y al fresquito mágico de la noche andalusí con su inconfundible aroma a jazmines y damas de noche. Ideal para combinar turismo de playa o montaña con una propuesta cultural singular y diversificada. Del mismo modo que se establecería una geografía física podemos también dibujar un mapa flamenco. Cada zona tiene un propio acento: no canta igual quien lo hace con los pies mojados en la orilla del mar que quien lo hace en los agrestes pagos de Sierra Morena; cuestión de escenarios naturales, o sea. Es ahí donde se funden el arte flamenco con los más originales espacios al aire libre, desde el castillo árabe a la plaza de toros centenaria. Los Festivales Flamencos son un buen reflejo de todo ello y vivirlos nos marca una aventura única por la verdadera y genuina Andalucía.

GASTRONOMÍA A COMPÁS

Se cuenta que las “tapas” nacieron con la vocación de cubrir el jarro o el vaso de vino. No obstante, ciertas teorías culinarias de la región nos inducen a pensar otra cosa; el rigor del estío obliga a comer poquito y bueno. Para ello se cuenta con el aderezo de la imaginación propia de cada tierra que hacen de los aperitivos andaluces una brillante y diferencial propuesta. Y es que todo nació alrededor de la pitanza mientras se hacía un poquito de compás.

Transcurría calurosa la tardo primavera de 1957, cuando a un grupo de gitanos de Utrera se le ocurrió realizar una acción de gracias por la estación de penitencia de su Hermandad en la Caseta del Tiro al plato de la localidad sevillana. El mayordomo hizo un guiso de frijoles con la idea de “familia que come unida, permanece unida”. Y pocas cosas unen tanto que una cuchara de palo y paso atrás. Resulta que allí acudieron, entre otros, El Perrate y Gaspar de Utrera, José de Aurora (padre de Fernanda y Bernarda) y Diego el del Gastor, y la cosa terminó con fiesta flamenca por todo lo alto.

Al año siguiente, continuaron con la presencia de Antonio Mairena, quien terminó de impulsar el encuentro con rifa de un borrico incluida a su término. De esta forma tan natural, nació el primero de los festivales flamencos andaluces. Más de cincuenta años después, el modelo impuesto por el Potaje de Utrera se perpetuó y tras él, prácticamente todos los pueblos y ciudades andaluzas secundaron la fórmula originaria: comer la tapa típica de cada lugar, escuchando buen cante y… al fresquito. Lo ideal en Andalucía para festejar la vida cuando la extrema canícula estrangula las conciencias.

Foto: Javier Barbancho. El País

SUMA Y SIGUE

A los utreranos les siguieron, más o menos por este orden, otras localidades: “La Velá de las Nieves” de Arcos de la Frontera (Cádiz), considerado como uno de los pueblos blancos más bellos de España y con más sitios visitables por metro cuadrado; “El Festival del Cante Jondo” de Mairena del Alcor (Sevilla), cuna indiscutible de uno de los mejores maestros del Cante, Antonio Mairena; “La Noche Flamenca Ecijana” de Écija (Sevilla), la ciudad del sol, el barroco y las torres, famosa por surtir de aceite de oliva al Imperio Romano; “El Gazpacho Andaluz” de Morón de la Frontera (Sevilla) donde hizo plaza la espiritual guitarra de Diego el del Gastor y donde el cante se funde con el canto de un gallo desplumado; “La Caracolá Lebrijana” de Lebrija (Sevilla) cuna de la gramática castellana con su gitanería como mejor estandarte y donde se comen caracoles a compás; “El Festival de la Guitarra” de Marchena (Sevilla), enclave de la edad de bronce, con sus cuatro castillos y los nombres propios de Pepe y Melchor de Marchena; “El Festival del Cante Grande” de Puente Genil (Córdoba) enlazando con su río  la Andalucía Oriental y la Occidental y donde naciera el maestro Fosforito; “El Festival Flamenco de Almería”, que ya en 1923 tuvo la primera intención de Festival Flamenco con su inmenso abrazo al Mediterráneo; “La Fiesta de la Bulería” de Jerez de la Frontera (Cádiz) donde el vino fino se hace bulería zalamera y fiesta inolvidable; “La Reunión del Cante Grande” en La Puebla de Cazalla (Sevilla) el pueblo agrícola que supo liderar la protesta del campesinado andaluz a través del cante… hasta que cada rincón de la comunidad autónoma tuvo su propio Festival donde ofrece su paisaje, sus gentes, sus vinos, su gastronomía y su peculiar forma de entender el flamenco con sus señas de identidad.

La posibilidad de vivirlos, en toda su extensión, es un apasionante viaje por las venas mismas de Andalucía. Esas que gritan y cantan la memoria de un pueblo en las noches de verano.

José María Castaño.

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