Miguel Poveda le quita el sentío y el sentido a Jerez
30. noviembre 2009 | Por loscaminos | Categoria: OpiniónDe unos años a esta parte, ningún artista flamenco ha causado tanto impacto en Jerez de la Frontera como Miguel Poveda. Algo que no es nuevo, ni mucho menos. El idilio de Miguel con Jerez y viceversa viene de muchos años atrás, cuando al de Badalona se le veía frecuentar las fiestas santiagueras de Los Juncales o la compañía de Moraíto o Luis el Zambo, entre otros. Jerez siempre ha estado bien presente en el repertorio de Miguel, en sus discos y en su conciencia de cantaor. Mas, yo creo que ni el mismo Poveda esperaba que su amor por Jerez fuera correspondido de esta manera. Una ciudad acusada en tantas ocasiones de su cerrazón y de sus barreras frente a influencias exteriores.
Lo vivido el pasado viernes 27 de noviembre en la Asociación Flamenca Fernando Terremoto es una muestra más de la absoluta rendición sin concesiones de Jerez a Miguel Poveda. El hecho ya se demostró fehacientemente hace un verano en el Alcázar de Jerez cuando por poco, y literalmente, el público salta las antiguas murallas almohades.
El colapso se repitió el Pago de San José jerezano. Yo no podría cuantificar el número de personas que asistieron, las que se quedaron fuera (para el sufrimiento de las buenas gentes de Terremoto) o las que se fueron ante tal avalancha humana por ver de cerca al ídolo badalonés junto a la guitarra de Moraíto, que sin lugar a dudas, era otro de los alicientes de la velada. Sí sé que fueron muchas. El doble quizás de las que pudiera convocar cualquier figura jerezana, pasada o presente.

Las razones son claras. Al menos dos de ellas. La primera es el propio Miguel que se ha convertido por merecimientos propios, y no lo olvidemos, en una figura que el futuro adjetivará “de época”. Tiene méritos más que suficientes. Su capacidad artística, su sensibilidad, su compromiso vital con el arte, la manera de encarar los cantes con una ejecución ejemplar, su total entrega y, sobre todo, por esa extraordinaria habilidad para meterse en la piel los matices de las zonas cantaoras. Muy pocos cantaores pueden presumir de hacer algo de Cádiz y darle su gusto, de hacer algo de Jerez y darle el soniquete, de meterse en Triana y recordar sus fundamentos… En definitiva, una asombrosa versatibilidad que junto a sus éxitos más comerciales (Alfileres de Colores y Copla) lo ha encubrado, ni más ni menos al puesto que merece. En esto del arte nadie regala nada.
Así lo demostró en la Casa de Fernando Terremoto, por alegrías, por soleá apolá, por tientos tangos, por copla, por bulerías, por malagueñas y verdial… pese a que los intentos de la siguiriya corta evidenciaran que eso son otros terrenos. Todo es susceptible de aprenderse con dedicación, menos la genialidad.
Otra de las razones, es Jerez. Aquella cuna histórica del cante a la que cada vez le cuesta más reconocerse a sí misma. La reacción numerosa del público, por todo lo ante dicho, es lógica, estamos no sólo ante una figura de época, Miguel es un figurón. Pero, a veces era curiosa la reacción no ya del aficionado/a de turno que se acaba de incorporar por escuchar Alfileres de Colores, sino de parte de la propia gitanería jerezana rendida sin concesiones al de Badalona. Verdiales que fueron aplaudidos con palmas por bulerías o coplas como si fuera el “Santiago a Santa Ana”.
Aquella sensibilidad para captar el detalle, el matiz, la forma de abandonarse en el cante… ha quedado casi olvidada en el tiempo. ¿Sería capaz de tener esta respuesta de Jerez el propio Agujetas? ¿Irían tantas jóvenes promesas jerezanas que estaban allí en tutiplén a escuchar a Manuel Moneo? ¿Por asomo Luis de la Pica o Tío Borrico eran capaces de cortar cuatro calles de una barriada? Me temo que no.
El genuino Jerez flamenco sufre de Alzehimer. El reflejo ya no es Manuel Torre, ni Mojama, ni El Gloria, ni la Paquera… La prensa privilegia que los jóvenes se acerquen a Mairena, lo que no es malo si no olvidan al Viejo Agujetas o a Sernita, por ejemplo, y los raperos cierran la Fiesta de la Bulería. El viejo Jerez languidece en sus recuerdos del cante como un modo de vida, como reflejo de emociones encontradas, su seña de identidad.

De ahí que reaccione de esta forma con Miguel Poveda, al que hay que elevar a todos los altares, pero el altar de los cantes jerezanos aún es pronto para pisarlo. El mismo Miguel lo reconoce. Es que hablamos de Terremoto, por ejemplo, y otros muchos. Aquellos intérpretes que forjaron una historia única, la de un pueblo que hace bien en reconocer en su justa medida a un grandísimo cantaor como es Poveda, pero que ya se parte la camisa con la misma facilidad que con la que olvida su verdadera memoria histórica.
José María Castaño.




