Paco regala a Jerez su alma más flamenca

17. Agosto 2010 | Por loscaminos | Categoria: Crónicas / Reseñas

Jerez por fin disfrutó de la guitarra de Paco de Lucía tras muchos años de ausencia desde aquel debut como “Chiquito de Algeciras”. Unas 4.500 personas no perdieron detalle de la comparecencia del genio de Algeciras que se encontró, desde el inicio, especialmente motivado y metido en el papel.

Vaya por delante que ver actuar a Paco es un lujazo en toda regla, ya que es la posibilidad que ha tenido esta generación de disfrutar de quien, posiblemente, sea el músico flamenco más importante de la historia, o el más decisivo acaso. Al menos de la contemporánea. Antes de comenzar la crónica en sí misma, vayan nuestras felicitaciones más efusivas a la persona que hizo posible este encuentro histórico entre Paco y Jerez: José Luis Lara Heredia que ha luchado lo indecible, con fe y tesón, para que todo fuera perfecto. Jerez debe estarle muy agradecido.

Sobre las 22.45, Paco de Lucía hizo presencia sobre el escenario. Su rostro es hierático, apenas cambia el gesto si no es por la dificultad de una escala sobrenatural o algún guiño a sus compañeros. De principio, su entrada es en solitario y muy exigente, incluso se palpa un poco de tensión que se va diluyendo conforme el espectáculo. La rondeña, desde que Ramón Montoya la aquieta para el concierto, es muy lucida para la guitarra solista, pero del mismo modo obliga a lo mejor de instrumentista, a rebuscarse.

Esta rondeña inicial, basada en la composición “Mi niño Curro” y en algunos fraseos de “La Cueva del Gato”, lleva al de Lucía a explorar melodías imposibles pero todas con un gran sabor flamenco. Podrá salirse del tiesto cuanto quiere pero Paco tiene ese plus de resolver en flamenco. Y esa es una de sus grandes virtudes. Hay muchos quienes acentúan el valor de Paco en su virtuosismo, que ahí está, pese a sus 60 años. Pero, hay mucho más. Está el concepto compositivo, el tonelaje que consigue en el sonido de la guitarra, su capacidad para evocar paisajes sonoros y, lo ya dicho, su flamencura aunque coquetee con cuantas músicas desee.

Todos estos conceptos se dieron en la rondeña. Quizás de lo mejor de todo el concierto: rotunda en la ejecución, vibrante en los fraseos, manteniendo siempre la tensión interna del tema y esa pulsación propia de un  piano, permítase el símil.

Fue el único tema en solitario del algecireño para dar paso a la bulería por soleá, ya con participación del grupo que emula, eso sí, desde muy lejos el mítico sexteto. Aquella formación que Paco adoptó del jazz para sus conciertos. Con esta pieza “La Antonia” comenzó a dar paso a sus cantaores: Duquende y David el de la Jacoba; la segunda guitarra: Antonio Sánchez, su sobrino. Así como a la percusión de Piraña, el bajo de Alain Pérez y la armónica de Antonio Serrano.

De ahí al baño de ritmo hasta el final del concierto. Hay que tener en cuenta, que basado en el último disco “Cositas Buenas”, la cita se basa principalmente en la búsqueda de variaciones rítmicas. De ahí que el juego melódico sólo tomó más protagonismo en el primer tema. Así, el meridiano de la primera parte lo constituyó una briosa bulería interpretada en tonos mayores con apuntes realmente subyugadores en los contratiempos y en los remates contundentes mandando sobre el resto. La bulería la ensambla con gusto con retazos de “Almoraima” y “Luzia”, esta última con la complejidad añadida de utilizar el trémolo en un estilo rítmico, pues se suele utilizar más en los toques libres, pero consigue un efecto elegante y poco reconocido.

Junto con la rondeña el otro punto álgido del concierto, fue sin duda, la alegría “La Barrosa” en la que consigue momentos de plena inspiración a una velocidad que hasta al mismo grupo le cuesta seguirle. Escalas, giros, rasgueos a la altura de un genio, resoluciones siempre al borde de la emoción. El gran Paco.

Llegados a este momento, propongo un breve inciso: coincidimos algunos compañeros el gran peso que tenían sus composiciones más antiguas como ésta, en las que se percibe toda la majestuosidad del genio, quizás por periodos creativos de mayor envergadura. Sin que esto minusvalore las siguientes. Es como las etapas doradas que tienen los grandes pintores o músicos, ya que estamos en la materia.

Por otro lado, debemos apercibirnos del nivel de exigencia a un músico como Paco de Lucía. Ignoro si en el mundo de la música clásica se pide de igual manera que un virtuoso intérprete deba tocar composiciones propias de modo obligado o que los grandes compositores deban luego interpretarlas por obligación, bien solo o en concurso con una orquesta. Pues bien, esto es lo que le solicitamos a este tipo de artista flamenco. Composición y ejecución. Y veces, por distintos motivos no suelen estar nivelados ambos conceptos, ya sea por edad o por otra salvedad. En cualquier caso, Paco sublima en sendas categorías, aunque ya no tenga 40 años, como comentaba anteriormente.

“La Barrosa” nos embargó de una emoción que tardaremos en olvidar o mejor dicho, nunca olvidaremos. Es el regalo del arte con mayúsculas, su imposible olvido y esa honda satisfacción que te hacen compartir estos dioses, la de tocar con las yemas ese terreno de los sueños que llamamos arte.

Para finalizar la primera parte, el hijo de la Portuguesa se relaja proponiendo el tema, a modo de balada, “Canción de Amor”, poesía al servicio de las seis cuerdas aunque también podrían alterarse estos factores. Con una gran capacidad para desembocar en otros ritmos, por la traslación de los acentos, Paco convierte la sosegada melodía en una trepidante bulería en la que van a convivir falsetas de los temas “Volar” (Cositas Buenas); “Viviré” y “Potro de Rabia y Miel” (las dos grabadas en su momento junto a Camarón de la Isla).

Tras un descanso de unos quince minutos, Paco de Lucía vuelve al escenario. El público está con él y lo sabe. Por eso, su rostro no está tan tensionado como en su aparición inicial, porque tampoco es lo mismo, tocar la rondeña a puerta gayola que los tangos “Cositas Buenas” con el respaldo del grupo.

Continúa la exploración por los senderos del ritmo. Es tal  el grado de vinculación existencial con el mismo que le permite realizar unas variaciones sorprendentes. En este caso, del ritmo binario de los tangos a la siguiriya con la camaronera interpretación de “Campanas del Alba” por Duquende y, de nuevo, a los tangos con evocaciones a “Me regale” (del disco Luzia).

Prosiguen los tanguillos y el tango rumba. Entonces Paco se limita, desde el centro, a dar paso al resto de participantes de su grupo. Es cuando toman protagonismo el bajo de Alain Pérez y la armónica de Antonio Serrano, muy aplaudida. Músicos capaces pero que no hacen olvidar, ni mucho menos a Carlos Benavent ni a Jorge Pardo. Tal vez asumen demasiados minutos.

En pleno protagonismo del grupo, se asoma otra interpretación de quilates: una siguiriya aligerada o ejecutada al modo bailable con unos rasgueos y conceptos elevadísimos del flamenco más profundo. Pero el lema es el coqueteo con las más variadas forma del ritmo. Vuelve la sorpresa al trasladarse de la siguiriya a la soleá, de la soleá al tango y del tango a la bulería sin aparente argamasa entre unos y otros géneros rectores.

Ya había salido a bailar el Farru, al final de la primera parte, pero fue en este número donde se desbordó bailando con hechuras y espectacularidad al mismo tiempo. Otro de los intensos momentos vividos.

Pese al tiempo que ha transcurrido, la rueda de acordes que soportan el tema “Zyriab” no pierde frescura ni intensidad. A modo de círculos concéntricos, la composición va envolviendo al oyente en una espiral de cromatismo sonoro de mucha intensidad, sobre todo en los diálogos con su sobrino Antonio Sánchez (segunda guitarra). En la presentación del tema, Paco que apenas intervino hablando, tomó el mismo micro de su sonanta para dedicarlo a dos grandes guitarristas de la historia (sic): “A Manuel Morao (en referencia a Moraíto) y al hijo de éste, Diego el del Morao.

Gritos de “Paco, Paco” le obligaron a su habitual bis, la mítica rumba “Entre dos aguas” que fusiona con el conocido ritmo de “Guaga, guana Kin kong”. Ya muy entonado, Paco finaliza con imposibles juegos, picados, escalas y todo el repertorio del más grande.

Jerez y Paco, Paco y Jerez saldaron su deuda artística contraída tanto tiempo atrás. Nunca es tarde si la dicha es buena, pero en este caso tendríamos que hablar de magia, de duendes compartidos, del legado en directo de una obra sorprendente y que quedará enmarcada con oro en el alma del pueblo jerezano.

José María Castaño.

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One comment
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  1. ya era hora que el mas grande estubiera
    en la tierra mas grande del flamenco
    nunca es tarde cuando la dicha es buena
    ole el que lo trajo ole y ole
    ese dia hable con el maestro
    gracias a capullo y me firmo en el brazo
    y me tatue su firma una cosa unica
    paco comprate una casa en jerez
    eres el mas grande maestro
    espero que vuelvas
    jerez te quiere
    un abrazo flamenco
    el guardia

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